No fui monaguillo porque nací nena

| Checha Merchan @chechamerchan | (*)

Mañana es el Día de Acción Global por un Aborto Legal, Seguro y Gratuito y luego de que el pañuelo verde tomara su protagonismo merecido, el naranja también está empezando a verse en las mochilas. En estos tiempos de debate acerca de la división de la iglesia y del Estado, a muchas nos surge recuperar nuestras historias personales tan vinculadas a la lógica de la Iglesia.

Hace días, mientras promovíamos la apostasía, mi mamá encontró ¡la libreta de familia cristiana! Ella y mi hermana no podían para de reir cuando la encontraron. Y cómo no reír cuando aparece en la libreta una familia perfecta de un hombre y una mujer que tuvieron dos niñas y un niño que recibieron bautismo, comunión y confirmación.

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La libreta no dice nada de que el padre de la familia cristiana casi nunca convivió con nosotres y que la crianza quedaba a cargo de mi madre y de mi abuela. Así que mucho antes de que existiera el matrimonio igualitario, ya había dos mujeres criando niñes y nadie en el mundo eclesiástico se quejaba.

Esta libreta y la apostasía me hicieron volver a pensar qué tuvo de bueno y de malo ser parte de la Iglesia.

Ni mi mamá ni mi abuela iban a misa los domingos, pero nosotres sí y a veces le pedía perdón a Dios por ellas, por ser tan faltadoras a sus obligaciones cristianas. Jamás se me ocurrió perdir perdón en aquel momento por mi papá, que no estaba en casa y ni siquiera sabía si asistía o no a la ceremonia dominical.

En mi caso, ya de niña tenía una gran necesidad de hacer cosas con otras personas y en grupo y, además, me movían ciertas cuestiones espirituales, así que me mandé con todo a militar mi cristianismo desde los 8 a los 13 años.

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Tanto la milité que los domingos, siendo muy pequeñita, leía frases de la Biblia a las que toda la gente contestaba: “Te adoramos, Señor”. Tanto la milité en esa infancia que hasta el día de hoy puedo repetir los rezos y las canciones sin ninguna dificultad.

Tanto la milité que no fui monaguillo solo porque había nacido nena.

Aprendí muchas cosas buenas: no ser egoísta, pensar en las demás personas, no ser tan peleadora con mis compañeras y compañeros, amar a la humanidad sin hacer discriminaciones raciales o de clase, a no mentir (aunque todo esto también me lo enseñaba mi mamá). Pero también aprendí a tener temor de Dios y culpa por lo que hiciera fundamentalmente con mi cuerpo. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Ambos aprendizajes los hubiera atravesado igual, como de hecho lo continué haciendo, en organizaciones guevaristas que propiciaban casi los mismos dos aprendizajes fundamentalmente para las mujeres. Solo que Dios era el responsable político.

Hasta el día de hoy intento profundizar lo primero y deconstruir lo segundo.
Apenas pude ampliar mi mirada, no soportaba saber que el Vaticano era un Estado y que, además, estaba lleno de oros y riquezas, y bancos y tantísimos dobles discursos. Lleno de curas pedófilos que nadie denunciaba y de curas enamorados que eran echados de la institución. Por eso me alejé de la Iglesia católica desde hace tantos años.

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Mi primo “El Facha” era la risa de mi familia porque siempre le robaba la limosna al cura.

Jamás me burlaría ni cuestionaría la creencia de nadie porque soy una mujer creyente. Imposible definirme atea, porque tengo demasiadas diosas como para hacerlo. Creo en las plantas, en las hojas que vuelan, las energías, la Pachamama, en la Luna, creo en que siguen acá las personas queridas que murieron, creo en todos los altares que hay en mi casa: del Gauchito Gil, de Evita, de mi madre, de Juana Azurduy, de la Yemanja, le pido cosas a mi Equeco, creo hasta en la magia.
Creo sobre todo que nuestros cuerpos son templos sagrados que debemos proteger de la pobreza, de la violencia, de la tristeza y desde donde podemos disfrutar la vida en compañía con los demás seres y con todo lo que nos rodea.

Ninguna institución religiosa como la Iglesia católica apostólica romana puede entrometerse en estos templos y mucho menos cobrar por eso. Que se meta con sus cosas, con sus templos, con sus bancos, con toda la tarea que tiene por delante si quiere blanquear su historia alejada del cristianismo liberador y de la liberación.
Nuestros templos son nuestros, tenemos que cuidarlos porque es lo único con lo que llegamos y nos vamos de esta tierra y porque lejos de ser una concepción egoísta, individualista son cuerpos que desean justicia y libertad y viven sintiendo que la matria es la otra porque también es nosotras.

Por esto, como entre tantas otras cosas, creo que hay que apostatar. Porque esta Iglesia que todavía cobra por mi bautismo, no podría jamás respetar nuestros hermosos y libres templos sagrados.


(*) Diputada del Parlasur y referenta nacional de La Colectiva.

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