Empezó el juicio contra Cristian Aldana

| Por Lucía Cholakian Herrera | Foto Lule Franco |

Una serie de imágenes:

Saltando en la cama con una amiga en 2004 mientras cantamos a los gritos una canción de nuestra banda favorita, El Otro Yo, que suena en el equipo de música. Dice algo del sida, de hacer el amor con tu hermana o con tu abuela, y me parece divertida. Dice “hacer el amor”. Tengo 11 años, y me parece divertido. Como idea, porque tengo 11 años.

Abriendo mi computadora una mañana de 2016 y encontrándome por primera vez con el testimonio de Ariell, Felicitas y Charlie; en el que cuentan cómo fueron abusadas sistemáticamente por Cristian Aldana por años. Ya adulta, horrorizada.

Y hoy: las manos entrelazadas de dos de las denunciantes de Cristian Aldana mientras lo sientan en el banquillo -no tan banquillo- de acusados, en la primera audiencia de su juicio.

 

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Cristian Aldana está desmejorado, pero inmutable. Con su remera de los Ramones escucha, con la mirada fija en un punto en el suelo, las acusaciones que a todos nos convocan en el recinto. La carátula: abuso sexual con acceso carnal, en competencia con corrupción de menores. Contempla graves daños psicológicos y físicos a las víctimas. En siete oportunidades.

La descripción de los hechos sería, en cualquier contexto, vomitiva. En particular, estando en la misma habitación que el procesado por haberlas ejecutado, peor. Una de las denunciantes no soporta el relato de una de las vejaciones ejercidas sobre ella y abandona la sala. Dos de las que quedan, se toman las manos. Aldana sigue quieto, sin gesticular, sin agitarse, sin levantar la mirada.

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La primera denuncia fue radicada en el año 2016 en el programa Atajo, y al poco tiempo se sumaron seis más, en UFEM. A fines de ese año el Juez Ponce procesó al ex-músico y ordenó su prisión preventiva. Desde entonces, la cumple en el Penal de Marcos Paz. Hoy es martes 22 de mayo de 2018 y, después de casi un año del elevamiento a juicio, es la primera audiencia en el TOC 25 ubicado sobre la calle Paraguay, en el centro porteño. Los números del juicio son, sin dudas, ejemplares: siete querellantes y más de cien testigos. De acuerdo con Gabriela Cónder, abogada de una de las denunciantes de Aldana: “Es como si fuese realmente una masacre. Con estos números, te das cuenta de la masividad del daño que produjo en las chicas. Se ven causas con muchas querellantes, como AMIA, Once, generalmente son masacres. Entonces ahí te das cuenta cual es el daño que produjo en tantas menores.”.

Además de hacer justicia respecto a los crímenes que se le imputan, este proceso sirve para comprender la dimensión de los sistemas de violencias machistas. Cristian Aldana también va a acompañado a su juicio. Va con algunos amigos -algunos de los cuales están implicados como sus cómplices-, su esposa, una amiga que comenta en el pasillo “yo a esa la ví muchas veces en mi casa, ¡es una hija de puta!” refiriéndose a una chica que era llevada por su amigo de 35 años a lugares cuando tenía 14 años. Aldana es un sistema normal, mientras que las mujeres que decidieron romper el silencio son la disrupción.

A lo largo de la lectura de las acusaciones, la secretaria menciona reiteradas veces cómo Cristian Aldana obligaba a las mujeres y niñas que abusaba a no contar nada. “Podés traer amigas, pero que sepan que no pueden decir nada”. A una de las denunciantes le dijo, incluso, que no podían acostarse aquel día -en el que se conocieron, ella de 14 años- porque el día anterior un padre lo había ido a buscar con la policía. Que la gente no iba a entender. Que nadie entendería.

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Están sentadas una al lado de la otra. Algunas se toman las manos, otras abrazan a la que tengan al lado, otras sonríen y saludan a las personas que las acompañan desde la otra punta de la sala. Una de ellas lo conoció en 2001, lo cual implica que recorrió casi veinte años de su vida con esta historia. Respira hondo cuando se comienza a leer su parte de las acusaciones, pero no se quiebra. Aldana sigue mirando al piso. Pienso en cuando tenía once años. Pienso en todas las chicas de once años como ella, como yo.

Lo miro fijo y no le saco la mirada por nada en el mundo. Él sólo mueve la comisura de los labios cuando la secretaria repite en su lectura “pero que sepan que no pueden decir nada, tus amigas”. En ese movimiento, veo su temor. Y en su temor, la historia de las pibas que están transformando la de tantas otras más.

Rompiendo el silencio: haciéndonos saber.

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