Nosotras no necesitamos tu #MeToo

| Por Lucía Cholakian Herrera | Foto Lule Franco |

En una columna políticamente correcta y con una redacción perfectamente organizada en el New York Times en español, un escritor mexicano radicado en Estados Unidos se pregunta por qué América Latina no tiene un #MeToo.

#MeToo, la campaña mediática desatada tras las múltiples denuncias al productor de Hollywood Harvey Weinstein -que desató a su vez denuncias a otros ‘magnates’ del mundo del entretenimiento y otras figuras públicas- surgió a fines del año pasado. Rápidamente su impacto (por el alcance mismo del mundo del espectáculo estadounidense) se expandió a muchos países, movilizando a personas en todo el planeta, incluso en espacios muy diferentes a los de la burbuja hollywoodense: revolvió, por ejemplo, la problemática de los abusos sexuales en el contexto académico de la India. Sin dudas la consigna de “Yo también” abre puertas y rompe silencios: desplaza del ámbito privado a la experiencia del abuso, ordena las responsabilidades, tipifica violencias, maniobras y sistemas: desanda el camino rígido e histórico del patriarcado más feroz, aquel que convierte a las sobrevivientes en culpables, aquel que activa el botón de reproducción infinita de la violencia y el abuso de poder por parte de los varones que sufrimos las mujeres todos los días, en todos los lugares del mundo.

#MeToo fue muy importante. Derivó en una campaña llamada #TimesUp (se terminó el tiempo), que creó una suerte de fundación financiada por mujeres de Hollywood cuyo activismo y fondos están orientados a dar fin a la brecha económica y simbólica entre varones y mujeres en el ámbito laboral, poner punto final al sistema que legitima múltiples abusos y a visibilizar la diversidad de violencias ejercidas en contra de las mujeres. La consigna fue ir a los premios Golden Globe vestidas de negro en protesta. Hubo discursos en alusión al tema, se brindó, se aplaudió, se premió.

Sin dudas, semejante movimiento en la cúpula del entretenimiento internacional es motivo de celebración. Sin embargo, en el contexto del surgimiento del #MeToo se dio visibilidad también a otra problemática: cómo el avance de la lucha de las mujeres implica también que aparezca en él -o re-aparezca- una tendencia a un centralismo capitalista que opera, en realidad, como gran epicentro de las violencias contra las que se combate.

Porque son muchísimos.

Se recuperó la dolorosa retórica del ‘escrache’ de la agrupación H.I.J.O.S. ante la impunidad de los genocidas de la década del ‘70 para resignificarla en el reclamo feminista: “si no hay justicia, hay escrache”. Y aquella retórica hoy es soporte de infinitas denuncias, en todos los puntos de nuestra América, que hacen eco de una misma pelea: el fin de todas las opresiones, la concreción definitiva de nuestra emancipación total.

Nosotras, las que usamos nuestro teclado de megáfono, las que nos reunimos con un mate a corregir mil veces un post de facebook para visibilizar una violencia indescriptible, las que juntamos peso por peso para ayudar a una compañera que se animó a denunciar y quedó en la calle, las que usamos negro todos los días porque pensamos que así es más fácil que no nos miren ni toquen ni abusen sexualmente; no necesitamos ese hashtag. No necesitamos decir que “yo también” para saber que esta es una realidad. No lo necesitamos. Lo agradecemos. Nos ayuda a llegar a más lugares, a crear red con otros ámbitos y movimientos de mujeres en otras latitudes. Pero nosotras no necesitamos que nuestro movimiento se adapte a ninguna narrativa centralista porque el mismo surge del ardor mismo del fuego del que resurgimos.

Las mujeres en América Latina estamos haciendo historia creando nuestras propias discursividades en un contexto que se parece al de una guerra. A la par de que crece nuestra organización, los ataques de los defensores acérrimos de su bienestar patriarcal empuñan nuevas armas, nuevas tecnologías, formas inesperadas de ataques impredecibles. Y respondemos. Con palabras, con marchas masivas -marchas, realmente, inimaginables en otros contextos- con nuevas formas de comunicar sin reproducir la violencia de la que fuimos objeto.

No, New York Times. Nosotras no necesitamos ser parte de la revolución del #MeToo. Nosotras tenemos la propia y empezó hace mucho, aunque no lo hayan visto en la tele.


Lucía Cholakian Herrera 

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