Que ardan los closets

| Por Mayra Lucio | Ilustración Mariana Salina |

Como la feminista “mal cogida” que hace diez años era mirada con desprecio, hoy la abolicionista tiene su estigma que la marca antes de que pueda abrir la boca. Es fuerte cuando lo decís, “soy abolicionista”. Y sí, un poco es como salir del closet. Como el que antes se sentía frente al querer decirnos feministas por primera vez.

Una noche, allá por el 2006, estaba en un bar algo borracha cuando tuve el coraje para decírselo a mis amigas: “creo que… ¡soy feminista!”. En mi memoria lo digo gritando, no sé si fue así pero recuerdo que tuvo el carácter de una confesión. Había un costo. Decirme feminista fue también tener que soportar a gente opinando porque el aire es gratis, que feminismo “es machismo al revés”, que las feministas “están en contra de los hombres”, que son unas resentidas, unas malhumoradas…

Pasó el tiempo. Hoy el feminismo goza de una salud y popularidad suficientes para disputarle los sentidos al patriarcado. Pues bien, en este presente, vuelvo a tener aquella sensación de closet. Esa misma sensación de *aguafiestas que arruina el momento*, que antes se achacaba al liso y llano “feminista”, persiste hoy para las feministas abolicionistas cada vez que osamos hacernos visibles. A tal punto se siente el abolicloset, que muchas amigas y conocidas evitan nombrarse, más aún posicionarse públicamente. Lejos de juzgarlas, las entiendo, no está nada fácil.

La grieta del movimiento, en carne viva

Hace unas semanas, en el último ENM en Chaco, una chica definida como abolicionista le pegó una piña en la cara a otra, definida como trabajadora sexual. Desconozco el contexto en el que se dio, pero desde ya que rechazo de plano la violencia entre nosotras. Lamentablemente, este hecho se usó para decirnos “policía” a todas las abolicionistas en las redes sociales. Lo acontecido se suma a otro hecho de violencia, lamentable también, como el que sucedió al cierre de una asamblea de Ni Una Menos a principios de este año. Una cara conocida del regulacionismo se le fue encima a una sobreviviente y le intentó pegar, pero otra compañera se interpuso para evitarlo y, a causa de ello, recibió un taconazo en su pierna izquierda visiblemente lesionada (llevaba una bota ortopédica). En su momento, no salió una ninguna denuncia sobre lo acontecido. Lo traigo ahora porque hay que ser justas y poder ver que, si bien estos episodios de violencia física entre nosotras son poco frecuentes, existen.

Los hechos aislados se vuelven significativos puestos en serie. A una lesbiana feminista la echaron de una casa donde estaba parando solo por haberse nombrado abolicionista (junto a ella también fue expulsada su amiga migrante que vivía allí, quedando en la calle). Además, pasan cosas como que los fanzines de tu grupo muchas veces no sean bienvenidos, o que algunas estén usando “abolicionista” como insulto, que en las redes se refuercen los estereotipos creados, que se agreda a prostitutas abolicionistas solo porque no se nombran putas ¡llegando a decirles “policía” a quienes se pasaron media vida en los calabozos!

La grieta del feminismo es esta. Está candente, nos quema a todas, nos explota adentro.

Juego de roles: policía moral o bomba sexual, elegí vos.

El closet abolicionista es esta percepción tan personal como política sobre los estereotipos que se están jugando entre activistas al debatir sobre prostitución (si regularla o no como un trabajo, más allá de su indiscutida legalidad). Dada la grieta, las abolicionistas nos vemos sumergidas en un caldo de cultivo de etiquetas negativas que nos inhibe. Aquí ofrezco lo que para mí está operando como principal distorsión: los estereotipos de “policía” y de “moralista”.  

roperosA primera vista, nuestro mote no parece tan desalentador: somos las anti-trata. Efectivamente, estamos en contra de la trata de personas, pero ¿acaso no tendríamos que ser todas anti-trata? ¿Hay quienes son “pro-trata”? Es un dato curioso que la idea misma de “movimiento anti-trata” surge del mismo activismo pro-regulación de la prostitución como trabajo. Se afirma que la Ley anti-trata no sirve más que para allanar violentamente espacios “de trabajo”, desmereciendo el hecho de que la trata con fines de explotación sexual existe, y que la única manera de combatirla es con herramientas legales que posibiliten investigaciones sobre las redes criminales que la sostienen. Esta ley puede ser mejorada (de hecho, ya fue reformulada una vez) incluso criticada (sobre todo por la falta de presupuesto real para garantizar políticas públicas comprometidas) pero no cuestionada en su propósito de combatir las redes de explotación sexual, donde la trata es sólo un medio; redes que con gran sofisticación dominan “el mercado” tan redituable de la prostitución a nivel mundial. Como si la mayoría de los casos investigados no fueran situaciones de explotación sexual, se nos dice “policías”, “yuta”, “femiyuta”, acusadas de perseguir la prostitución autónoma.

El plantearnos como “policías” dentro del feminismo, está reforzado por la confusión deliberada entre abolicionismo y prohibicionismo. El primero, un modelo legal de ddhh confundido con el segundo, un modelo basado en la persecución y el moralismo. Para “evidenciar” esta fusión, se suelen citar los códigos contravencionales vigentes que criminalizan la prostitución, efectivamente prohibicionistas en un país formalmente abolicionista. Lo que no se dice es que su carácter discriminatorio y vulnerador de derechos los hace profundamente inconstitucionales, y por tanto, antiabolicionistas. Desde el eclipse que significa este enlace entre normativas ideológicamente contrapuestas, queda sellado el mito de que las abolicionistas queremos prohibir la prostitución y perseguir “a las putas” (con lo que se interpreta, además, que las abolicionistas no seríamos putas). Así, el estereotipo “policíaco” se fortalece y crece en el sentido común. Mientras tanto, el último 20 de septiembre sobrevivientes abolicionistas autoorganizadas han logrado presentar un proyecto de Ley para la derogación del artículo del código contravencional de pcia. de Buenos Aires (el N°68) que las persigue. Resulta un paso antirrepresivo que sienta precedente para ir por la   eliminación de todos los códigos del país, y contra todo mito, esta derogación se fundamenta en la cita misma al abolicionismo legal. (Campaña: #NiUnaMasEnLosCalabozos – https://action.manifesta.net).

El otro role play tan esperado es el que aquí llamo sex bomb. Autodenominadas “pro-sexo” desde hace unos años, las activistas regulacionistas se hicieron de este nombre para unir el reclamo de reglamentación laboral de la prostitución con la reivindicación de la “libertad sexual”. La lucha por una sexualidad plena, deseante, subversiva de las normas, es equiparada a una sexualidad sostenedora histórica de la desigualdad de género, reproductora fiel de la heteronorma. Revolución y tradición a la vez, un combo atractivo en tiempos neoliberales. Ahora bien, surge la inquietud ¿de qué lado quedamos ubicadas las Otras – léase, las que criticamos la institución de la prostitución por no considerarla sexualmente libertaria? ¿Como “anti-sexo”? Al parecer, y a juzgar por algunas caracterizaciones académicas, a las abolicionistas el sexo nos estaría despertando una suerte de “pánico moral”. Pensamos en orgías y nos hiperventilamos. Escalofriante. Cuestionar el contenido patriarcal de la prostitución pareciera cuadrar con el estereotipo de la moral pacata y/o religiosa ¡a mí misma me han mandado a rezar y ni siquiera estoy bautizada! Como si no compartiéramos la misma bandera de una sexualidad libre y sin tabúes morales -y como si acaso hiciera falta demostrarlo, perdimos lo más mojado del asunto y quedamos pegadas a voces eclesiásticas de iglesias que jamás pisamos. Esta moral endilgada nos convierte en predicadoras de la palabra de la manzana prohibida, que impone a otras lo que tienen que hacer con sus cuerpos y lo que no. Porque ante todo, las abolicionistas “hablamos por otras”, no seríamos las putas. Así es que, reversionando a las “mal cogidas” de antaño, seríamos 100% mojigatas, las “policías morales” del feminismo.

Estos movimientos de alfiles hicieron jaque mate a la posibilidad de diálogo, al fundar estos prejuiciosos roles que ahora hablan solos, por nosotras. Entonces, podemos ver las identificaciones de las feministas que recién se están acercando a los distintos encuentros y debates, esas valiosas compañeras nuevas que aún no están en tema: rezos y patrulleros de un lado, libertad sexual y rebeldía del otro. Adivinen cómo se posicionan. Porque, ¿acaso alguna quiere ser abolicionista?

Más orgullo y dinamita, por favor

Se viene negando la presencia de un abolicionismo crudo y real: no iluminado, no moralista, antirrepresivo y sobre todo, impulsado por las mismas sobrevivientes. Con pispear apenas, todas las referentes abolicionistas han estado en prostitución. Y no podemos decir que luchadoras como Lohana Berkins o Diana Sacayán hayan sido precisamente pacatas ¡menos policías! Esta negación de lo real hace de interferencia, solo fortalece miedos y tensiones que probablemente afectan a muchas a la hora de intentar ponerle el cuerpo al debate.

Lohana decía que había que aggiornar el abolicionismo y creo que, de a poco, nos vamos generando en esa crítica necesaria, esa potencia que restaba desplegar: recuperar nuestros cuerpos, animarnos a hacer visibles nuestras disidencias, estar orgullosas de nuestra lucha. Incluso, en plena efervescencia del mes del orgullo, hay un movimiento de disidencia sexual abolicionista que comienza a mostrar sus plumas. La Marcha del Orgullo TLGBI en la Matanza, realizada este año por primera vez, habló de ello: “Nuestros cuerpos no son mercancía”, resulta un límite político al capitalismo patriarcal que pretende naturalizarse cada día más, una exclamación de un movimiento furiosamente “tortrava” y abolicionista como su territorio.

Los estereotipos se intercalan como bloques de hielo para armar el iglú closetero. Es hielo, que al calor de nuestra voz se derrite. El orgullo abolicionista existe, porque las sobrevivientes antes que víctimas desvalidas son sujetas de derecho, guerreras que vienen luchando desde hace mucho. Ellas han producido las teorías que abrazamos. Con gran esfuerzo dan los pasos, señalando horizontes, como la lucha antirrepresiva y aquella que va por políticas públicas reales.

No construyamos nuevos estigmas entre nosotras, que nada nos divida, que no haya nuevos closet. Somos las brujas en nuestros corazones feministas que las recuperan y estamos prendidas fuego. Vamos a echarle kerosene a todos los closet. Seamos incendiarias y no nos guardemos más.


2 comentarios sobre “Que ardan los closets

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s