Ser trabajadora sexual

Por María Riot (Blog personal) | Foto: Alejandra Rovira

Cuando empecé en el trabajo sexual hace cuatro años atrás, sabía que en algún momento lo diría abiertamente y lo reivindicaría. Nunca me gustó callarme sobre lo que pienso y hago, ni me siento cómoda haciendo cosas que siento que no tiene nada de malo ocultar. Saber que en algún momento tendría que decirlo y que además sentía que sería necesario porque quería formar parte del movimiento de trabajadoras sexuales hablando en primera persona y ayudar a que las problemáticas del colectivo terminaran, fue algo que durante los primeros dos años de trabajar en webcams y al empezar a ejercer la prostitución me costó apropiarme porque eso significaba resignificarme y reconocerme a mí misma como trabajadora sexual y con ello, afrontar el estigma social y cualquier problemática que podría surgir el decirlo públicamente.

Aquellas preguntas que pueden aparecer en la cabeza de cualquier persona que escucha a una trabajadora sexual por primera vez, también me pasaban a mí. ¿Por qué elegir el trabajo sexual en lugar de otro trabajo? ¿Qué pensará mi familia? ¿Seré segregada de la sociedad o de mi círculo de amigos? ¿Me arrepentiré de contarlo? ¿Recibiré ataques de otras personas que no estén de acuerdo conmigo? ¿Podré seguir formando parte de la Organización en la que soy voluntaria? ¿Se me tomará en serio cuando hable o diga algo? ¿Estaré equivocada al ver la sexualidad con más naturalidad y entender que puede ser una herramienta de trabajo o es que la sociedad lo está? ¿Dejo de ser feminista por ejercer la prostitución? ¿Podré algún día volver a salir con alguien o encontrar personas que puedan tener una relación afectiva conmigo a pesar del trabajo que elijo?

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Fanzine sobre feminismo (2010)

Efectivamente, esas preguntas se fueron y se van respondiendo con el correr de los días. A pesar de que ya en mi adolescencia tenía curiosidad sobre el trabajo sexual y sobre la sexualidad en sí, el no tener una educación sexual integral en el colegio o en mi casa y el absorber ciertas cosas que los medios transmiten sobre la prostitución y sus protagonistas, me hizo avergonzarme de querer hacer algo relacionado al sexo y además pensarlo como una posibilidad laboral. Siempre fui de mente abierta y aunque fui a una escuela religiosa desde los cuatro hasta los catorce años, no estaba de acuerdo con la religión ni el conservadurismo que nos imponían, así tampoco de cómo nos enseñaban sobre las relaciones humanas y la sexualidad y en cuánto pude, me cambié de institución. Mis padres no son creyentes pero terminé en ese colegio un poco por casualidad y temas de vacantes. Sin embargo la primera vez que escuché sobre tener sexo, identidad de género, distintas formas de relacionarse sexualmente o de prostitución solo me generó curiosidad por saber más. Mi desinformación e ignorancia por esos temas me hicieron buscar sobre eso en diarios, revistas y en cuanto pude, Internet. A los quince años descubrí que me gustaban también las mujeres, y con el pasar del tiempo identifiqué eso como una señal de que en realidad me gusta cualquier persona que me resulte atractiva en todo su sentido más allá de la identidad de género que tenga. También descubrí el rubro 59 y los anuncios de prostitutas y fantaseaba con quiénes serían las que escriben eso, quién son los que las llamaban y si disfrutarían el estar ahí. Empecé a imaginarme a mí misma haciendo sesiones de fotos eróticas y fantaseaba con la idea de tener sexo pago cuando fuera mayor.

Mi obsesión con la música y en ese momento especialmente el punk, me hizo conocer a Bikini Kill y al movimiento riot grrrl y así al feminismo. Desde el primer momento mi entendimiento del feminismo fue el de un movimiento que lucha por los derechos de las mujeres, entre ellos, el de hacer con su propio cuerpo lo que cada una quiera, y esto incluye la sexualidad y la forma de vivirla en la que cada una decidiera. Como me pasó junto con temas como el aborto, la transexualidad y la orientación sexual, pensaba que era sentido común entender que cada persona es dueña de su propio cuerpo y vida para decidir en sus propios términos cómo quiere vivirla. Luego con el pasar del tiempo descubrí que esto no era así y que habían diversas corrientes dentro del feminismo y que la más popularizada se oponía al trabajo sexual, como también descubrí personas que se llamaban feministas pero que se oponían al aborto o tenían actitudes o dichos transfóbicos u homofóbicos. Sin embargo, aunque no dejé que esto me influenciara a tal punto de cambiar mi opinión, cuando tuve mis primeros pensamientos acerca de querer ejercer el trabajo sexual, tuve sentimientos de culpa y es lo que me llevó a estar varios años ocultándolo.

A los 18 años, en Tumblr, una plataforma online donde se suben fotos, encontré personas que llevaban adelante el feminismo que a mí me representaba. Un feminismo inclusivo, no solo de mujeres blancas sino de todas aquellas que se identificaran como mujeres y que además eran pro trabajo sexual y pro hacer-de-mi-cuerpo-y-mi-sexualidad-lo-que-yo-quiero. Descubrí especialmente a dos personas que además de gustarme el contenido que subían y su discurso, ejercían el trabajo sexual, una transmitiéndose en webcams y otra generando sus propios videos y vendiéndolos. Yo hacía varios meses había encontrado páginas donde transmitir online y lo había hecho dos veces, de manera gratuita, porque me excitaba y divertía. Cuando encontré que eso era un trabajo real y que había posibilidad de hacerlo, se abrió toda una nueva dimensión para mí. Podía empezar a hacer aquello que había pensado alguna vez en mi adolescencia y que tanta curiosidad y ganas me daba, pero como no sabía bien cómo empezar y en ese momento estaba estudiando una carrera, preferí dejarlo de lado. A los dos años, encontré en un grupo de feminismo de Argentina que una persona contaba que estaba trabajando en una oficina como modelo webcam. La contacté y a la semana estaba trabajando con ella, pensando en porqué había tardado tanto en encontrar algo así.

 

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Foto que usaba para transmitir en webcams (2013)

Transmitir online y ganar plata por mi erotismo y mis técnicas de seducción, me hizo sentir más empoderada que nunca. En ese entonces desconocía esa palabra pero cada vez que salía del trabajo, el cual era como cualquier otro y teníamos horarios que cumplir, un sueldo mensual de acuerdo a cuánto habías transmitido y cuánto habías logrado conseguir que te pagaran los usuarios, salía sintiéndome mejor conmigo misma, conociéndome mucho más y pensando que todo lo podía. Me ayudaba a tener más seguridad y confianza conmigo misma, me hacía ser más empática con los demás ya que me interesaba en lo que aquellas personas que me miraban desde vaya a saber qué lugar del mundo me contaban y lo mejor de todo, me masturbaba, bailaba sin ropa y la pasaba bien. Tenía orgasmos todos los días y me pagaban por ello.

El pago de todos modos no era tan bueno, y al fracturarme un brazo por andar patinando, dejé de ir y me di cuenta de que no quería trabajar para alguien más. En ese momento además trabajaba de ayudante de una diseñadora de indumentaria y me di cuenta de que no quería seguir esa carrera, por lo cual la dejé -junto con ese trabajo- y estaba sin mucho qué hacer. Recordé que cuando transmitía había personas que me ofrecían verme en persona, pasar de la virtualidad a la realidad y pagarme. Me había unido a varios sitios para promocionar mis shows de webcam, entre ellos, Poringa, que a pesar de que no me gustaba mucho las cosas que veía ahí, más que nada por los comentarios, me daba mucho tráfico y mis publicaciones pasaron a convertirse en posts de la semana, teniendo más de mil mensajes y comentarios, donde muchas personas me preguntaban si además hacía encuentros reales. Al estar sin trabajo, sin saber si volver a estudiar alguna carrera, sin poder mudarme por no tener ni dinero ni los papeles necesarios, queriendo irme de mi casa de General Rodríguez e independizarme de una vez por todas, empecé a pensar en viajar. Mi mejor amigo, que es argentino pero hace más de diez años vive en España, me invitó a ir a probar suerte allá y con la excusa de ir al Primavera Sound, le dije a mi familia que me iba de viaje. Juntar tanta plata en tan poco tiempo sería imposible con un trabajo normal, por lo que empecé a barajar la idea de ejercer la prostitución. Tenía tanto miedos por las cosas que había leído y los debates en los grupos feministas resonaban en mi cabeza, por lo que me lancé a investigar el tema antes de hacerlo. Estuve tres meses leyendo, mirando documentales y videos, me estudié los foros donde se publicitan ofertas de servicios sexuales, hablé con algunas escorts que usaban Internet para promocionarse y encontré el blog de Amarna Miller y descubrí una libertad en ella y una visión humanizada sobre el porno que no había encontrado en otro lugar y que me ayudó a seguir despojándome de prejuicios y de miedos a una industria desconocida para mí. Aunque sentía inseguridad de no saber si me iría bien y ese sentimiento de culpa por estar ocultando algo y mintiendo con que había conseguido un trabajo formal en una oficina, me creé mi propio Tumblr con mi información, un Facebook paralelo y con un anuncio oculto gratis en un foro, empecé a tener propuestas de clientes.

En ese entonces veía mucha homogeneidad en quienes ofrecían servicios sexuales y pensé que me iría mal, ya que yo tenía el pelo rosa, un cuerpo que parecía no ajustarse a los estándares que se mostraban en páginas de escorts y jamás había usado tacos ni medias de red ni ninguna de esas prendas que una piensa que tiene que usar por ser prostituta. Luego me di cuenta de que esos estereotipos se escapan a la realidad y que aunque los medios sigan repitiendo siempre las mismas maneras de ejercer el trabajo sexual o ciertos patrones como por ejemplo de vestimenta, no era así. Yo podía crear mi propia manera de ser trabajadora sexual, siendo yo misma y ajustando mi propia personalidad a poder ofrecer mi servicio a la manera en que yo deseara. Al principio muchos no entendían qué era el Tumblr cuando se los pasaba para que leyeran mi información porque todas las trabajadoras sexuales en ese entonces se manejaban pagando publicidad o tenían un blog de blogspot, o me hacían comentarios -que ahora los entiendo como prejuiciosos y que responden a estos estereotipos que existen sobre quiénes son las que ejercen la prostitución- como “no pareces trabajadora sexual”. Justamente esa fue la razón por la que muchísima gente empezó a contactarme.

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Charla debate de trabajadoras sexuales en Festival Fuerza Puta (2016)

Y así, en marzo de 2014, tuve mi primer cliente. Desde ese entonces, pasaron muchísimas cosas. Finalmente viajé a España, donde también empecé a trabajar en porno. Decidí que por ahora no tendré un lugar fijo donde vivir. Dejé y volví a empezar a ejercer el trabajo sexual varias veces, ya que a pesar de que generalmente con los clientes la pasaba bien y era un trabajo que elegía por sobre otros, sentía mucha culpa y miedo de que se enterara mi familia. Me acerqué a AMMAR, me di cuenta de que mi lugar era el activismo y la militancia y que el trabajo sexual para mí no solo era un trabajo sino parte de mi identidad y que quería politizarlo y poder aportar desde mi lugar a que cambiara la visión que hay hoy en día sobre la sexualidad, el trabajar con ella y cómo esta afecta manifestándose en leyes, discriminaciones y prejuicios.

Hoy puedo decir que soy trabajadora sexual y entender que además es una decisión política. Porque aunque muchas veces pueda decir que es como cualquier otro trabajo, la realidad es que no lo es. Porque ejercer la prostitución o cualquier otro trabajo que implique la sexualidad o el erotismo es, hoy en día, ir en contra de las normas. Es ir en contra de una sociedad hipócrita y moralista. En contra de leyes y de decisiones políticas que se escapan a la realidad de quienes ejercen el trabajo sexual. Es poner el cuerpo en su totalidad frente al estigma, al temor del rechazo social y la posible exclusión de la familia y de nuestros entornos. Es reconocer nuestros privilegios y usarlos para hablar por las problemáticas que muchas otras compañeras no pueden denunciar. Es vencer el miedo a lo que pueden decir de nosotras. Es solidaridad y sororidad con todo un colectivo de trabajadoras y trabajadores sexuales con el que a pesar de nuestros contextos, diferencias y distintas personalidades, clases sociales y contextos geográficos, compartimos la marginalización, la clandestinidad y la discriminación. Es desoír a aquellas que dicen que repetimos esquemas patriarcales y entender que si el patriarcado existe, no tiene una forma más concreta de manifestarse al querer decirle a otra lo que debería hacer o cuáles son los trabajos y maneras de vivir nuestra sexualidad y vidas que sí son legítimos y cuáles no.

Por todo eso y más, es que puedo decir que soy trabajadora sexual, orgullosa de serlo y que reivindicarlo fue una de las mejores decisiones que pude haber tomado.

 

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