De cómo descubrí mis tetas

Por Pabla Pérez San Martín | Fotos: Rocío Curia

El cuento que me habían contado era que “no tenía”. Todo comenzó durante mi adolescencia, en la cual, como gran sentencia ante el cambio hormonal, se va dando por hecho cuáles serán las chicas que tendrán y no, tetas. Yo era de las que no tenían, claramente. El comentario de mis amigas y hermanas siempre fue “tú no tienes tetas”, y ellas –más preocupadas que yo– me incitaban a usar rellenos dentro del sostén, a lo que siempre me opuse, para no engañar a nadie. Sobre todo, a mí misma.

Bajo una cruel catalogación me transformé entonces en una jovencita “plana”, y poco a poco mi pecho se fue volcando hacia adentro, jugando a esconderse durante años. Aturdida de dudas adolescentes me preguntaba: “¿Carezco de algo? ¿Será un problema?”. Con esa confusión crecí y viví largo tiempo, experimentando una sexualidad perturbada por el “no tener”… padeciendo obviamente complejos sobre mi cuerpo.

A los 23 años me convertí en madre. Esa fue mi segunda experiencia de metamorfosis sexual. Mis pequeñas peras poco crecieron durante la gestación, pero cuando tuve la increíble experiencia de amamantar, se llenaron de leche para brindar amor. Por entonces, mis pechos ya no acarreaban ninguna vergüenza evidente porque ¡eran grandes! y hasta vivían libres del sostén. Me sentía orgullosa de tanta abundancia… me llenaba de gozo el acto de amamantar: ¡qué experiencia más fabulosa y extática!

Liberando oxitocina por doquier, gocé durante dos años de placer exclusivamente a través de mis pechos, liberando hormonas del amor permanentemente. Estaba experimentando un placer nuevo, que disfruté hasta el final con mi hijo, y cuando la lactancia cesó, mi relación con mis tetas y sexualidad retomó su camino. Volvieron los complejos, mis generosos pomelos se volvieron bolsitas desinfladas, ¡como si estuvieran tristes! En particular una de ellas –la favorita de mi hijo, la que siempre se llenaba más de leche–, quedó notoriamente más grande que la otra. Aunque siempre lo había sido, ahora era evidente ¡en extremo! El cambio era impactante, y volví a esconder el pecho hacia adentro. La sexualidad llegó de otra manera, el placer y goce de los pechos se volvió tabú y complejo una vez más.

Transitando los primeros meses, mis bolsitas –que yo creí desinfladas y caídas para el resto de mi existencia– comenzaron a cambiar: subidas y bajadas de peso, el ciclo menstrual, la excitación, la alimentación, el estrés, etc… A través de todo eso me iban demostrando cómo ellas iban danzando la vida en un constante diálogo con el Todo: nunca serían las mismas. Y ya habían superado el primer impacto de la ausencia de leche y su diploma de honor: las estrías.

Comencé a auto observarme, para poder amigarme y aceptar un cuerpo nuevamente desolado. Poco a poco, la contemplación me ayudó a romper con mi propio tabú, a recobrar el erotismo perdido a través del tacto, a colonizar el disfrute para mí y no necesariamente para complacer a otr@s. Después de cada ducha, me realizaba un masaje con aceites vegetales endulzados con salvia. Desde entonces las estimulo, me brindo el espacio que todas nos merecemos, logro conectarme a través de ellas con mi matriz al acariciarlas, y es una práctica fantástica para explorarme profundamente.

notapabla_4-300x294Poco a poco fui descubriendo el deseo propio. Ya no existían ficciones sobre que mis tetas eran pequeñas, desinfladas, caídas… eran volcanes en expansión. ¡No sé cómo antes no me había fijado ni había sabido verlas/amarlas! Vitales, radiantes, bellísimas, seductoras. Nunca antes vistas con total claridad… Me pregunto: “¿Dónde estuve?”. Perdida en la angustia de la supuesta carencia, pues, habitando un cuerpo construido por y para la aprobación de otr@s, un cuerpo nunca antes reconocido ni amado en su totalidad. Porque no solo de tetas se trata: ellas fueron la conexión para recuperarme, reconquistarme y desde entonces me amo con más ternura. Me observo, me toco suave y también intensamente y así lo espero/enseño a quien me acaricie, porque primero lo he aprendido de mí.

Y puede sonar una total locura, pero llegó un día en el que ¡descubrí que tenía tetas! Tetas que por años fueron anuladas al no cumplir con el promedio de la exigencia cultural; exigencia reforzada horrorosamente por el trabajo de la publicidad, porque si hay algo que vende son unas tetas (pero no cualquiera, ¿eh?, sino unas “buenas tetas”, que están tan duras que ahorcan el pecho y el sentir).

Mantuve mis tetas anuladas del placer, de la contemplación, del tacto, del cariño, de la ternura y sobre todo del erotismo durante mucho tiempo. Sé también de quienes sufren en otras trincheras odiando y vetando sus cuerpos por diversas razones, como por tener unas enormes tetas hasta por haber sufrido una drástica mastectomía. Sé de ustedes, mujeres, que están al borde de explotar por sentir que son objeto de burla, rechazo y hasta acoso sexual permanente, y comprendo lo que es sentirse en un cuerpo que no te acomoda. Pero también sé como Brujer que es posible aceptarse libre y sinceramente, aunque conlleve un largo proceso lograr amarnos tal y cual somos ante la violencia de un sistema que nos exige habitar cuerpos ficticios.

Al mismo tiempo pareciera que esto es absurdo, porque en el plano teórico es “lógico” y políticamente correcto declarar que eres hermosa a pesar de tus complejos y castraciones –aunque sinceramente no te gustes–. Porque claro, no está bien andar por ahí diciendo que no vives conforme con tu cuerpo; eso te hace frívola, inconsecuente, superficial, torpe, poco feminista, etc.

Sinceramente, antes no me gustaba, lo asumo, y habitaba una fantasía de cartón que dolía. Ahora, con orgullo me gusto tanto como soy que deseo compartirlo. Y de haberme anulado no solo fui yo la responsable, sino todo esta sociedad caníbal carente de afecto, donde predomina lo grotesco, lo genital, fugaz, imperceptible, artificial… Pero no le vamos a otorgar energía a eso tan obvio que ya sabemos. Solo quiero compartir con ustedes aquella plenitud que vivo desde hace un par de años y que ha sido todo un proceso de recuperación que ha cambiado mi relación conmigo misma y con mi entorno.

Pareciera que cuando una trabaja con sexualidad se asume que se tiene todo resuelto, pero no, no es tan fácil cuando te han roto por siglos, suprimiendo toda seguridad y autoestima. La idea siempre la he sabido, en teoría siempre supe que debía amarme con mis desaciertos, pero vivir el proceso ciertamente y lograrlo de veras no es fácil ni automático. Por eso me gusta aprender, caerme y no parar de sorprenderme de este universo, de cuya belleza, de la que somos parte, apenas voy/vamos descubriendo una pequeña parte. Y hoy a mis tetas le rindo culto, incluso tiempo al escribir para ellas, y agradezco alegremente tener estas dos manos buenas para poder abrazarlas, quererlas y acariciarlas, a ellas, a mí y a todas ustedes.

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